25 sept. 2014

Centenaire Charles Péguy (1914-2014).


 
 Tras una serie de estancias en París, Orleans y Chartres para la realización de mi tesis doctoral sobre Charles Péguy me sorprendió que, para los franceses menores de 40 años Péguy es un completo desconocido. Incluso los jóvenes profesores titulares de literatura tienen que consultar quién fue Péguy porque, si bien les suena, no podrían asegurar de quién estamos hablando. Péguy no está en sus programas de concours ni tendrán que explicarlo en clase, porque no se estudia en la educación básica, ni en la media. Tampoco forma parte de las lecturas obligatorias en la educación superior. Puede parecer una exageración este destierro pero no lo es, Péguy es un sans-domicile fixe intelectual. Lo que ocurre es que, como dicen los franceses, il n’est pas bien-aimé o il n’est pas très aprécié en France. ¿Cómo no van a ignorar las generaciones más jóvenes su existencia?

Una obra fundamental para los jóvenes franceses que se interesen por la política debería ser  Notre Jeunesse. Fue traducida en Alemania en 1918 por la revista Die Aktion, de editorial miscelánea, que englobaba tanto a socialistas pacifistas como a anarquistas y marxistas revolucionarios. Posteriormente la revista traducirá Notre Patrie. Parece ser que la motivación para que una revista que se va radicalizando cada vez más hacia el marxismo publique las obras de Péguy, estaba en su oposición a una República de Weimar conservadora y nacionalista que la editorial consideraba “una república falsa y aburguesada.” Péguy representa un republicanismo de izquierdas pero patriótico que aquella izquierda alemana quiere hacer valer como ejemplo de la no contradicción entre izquierda y patriotismo, al tiempo que aprovecharían las afiladas críticas peguianas contra la burguesía y los liberales.

Como dice Kohlhauer y en tanto leer a Péguy no es fácil, el cada vez menor nivel intelectual y cultural, sumado a una falta de interés por la relación entre cultura y política ha ido marginando a Péguy desde mayo de 1968 en adelante. Su estudio ha quedado relegado a eruditos y académicos. Pero además, muchos franceses que han oído hablar de Péguy lo ubican en un espectro político nacionalista y católico que se presenta como políticamente incorrecto, lo que añade más marginación. Sin embargo, olvidan que durante la ocupación alemana de 1940 a 1944 la lectura de Péguy sirvió de inspiración para los franceses de la resistencia.Con razón la enciclopedia Espasa-Calpe en su edición de 1920 describe a Péguy con esta breve nota: “Sus panfletos iban dirigidos contra todos los que, según él, ponían en peligro el alma y el suelo franceses.”

Las décadas de 1950 y 1960 fueron las más fructíferas para la literatura acerca de la vida y la obra de Charles Péguy. De hecho, el mayor número de estudios y obras sobre Péguy se encuentra entre esos veinte años en los que podríamos decir que se asistió a una especie de fiebre peguiana. Incluso Jean Delaporte aseguró que “Ya se ha dicho todo sobre Péguy” y no es necesario escribir nada más. Esa copiosidad de literatura no provenía de escritores de izquierdas como en la década de 1920. Ahora se escribe sobre Péguy como referente cristiano y seguramente los no conformistas franceses de los años treinta fueron el motivo, especialmente con la actualización peguiana de Mounier en La pensée de Charles Péguy (1931) y Révolution personnaliste et communautaire (1935). 

En la década de 1960, coincidiendo con los diez años de mandato de Charles de Gaulle, en los trabajos sobre Péguy se pueden observar los guiños dirigidos a un público católico, incluso en ocasiones tan nacionalista como el gaullismo. Con esto, podremos ya percatarnos de una versatilidad en Péguy que permite que sea susceptible de ser interpretado tanto por la izquierda como por la derecha o el centro. De hecho, Robert Burac está convencido de que durante mucho tiempo se han ocultado partes enteras e  importantes de los escritos de Péguy.Durante años la cronología de sus escritos era incierta y sus publicaciones se hicieron de modo desordenado, por consiguiente desde 1914 se puede haber conseguido hacerle decir cosas que él no había dicho en realidad con una finalidad partidista, exactamente igual que habría ocurrido con Juana de Arco. 
           
Tras Mayo del 68 y el referéndum que precipita la dimisión de Charles de Gaulle, la izquierda adquiere la hegemonía cultural y Péguy, que había sido fuente de recursos inspiradores para el gaullismo de la V República, cayó muy posiblemente de forma intencionada en el mayor de los abandonos. Por este motivo muchos franceses nacidos después de 1970 desconocen quién era Charles Péguy y por eso Péguy no entra en los planes de estudio desde mediados de la década de 1970. Al menos queda el consuelo de que aunque no está en los programas educativos, si a las generaciones jóvenes les suena Péguy es por los cinco colegios que llevan su nombre en París, el centro y el liceo de Orleans, la residencia de ancianos de Chartres o las calles, plazas y escuelas que se le han dedicado en todas las ciudades y pueblos de Francia. 

Pero estas dedicatorias en mármol o en piedra son en realidad historicismo, recuerdos en un orden muerto. Todo lo contrario a memoria, que es evocación en un orden vivo. Péguy no forma parte del orden vivo de la Francia actual, sino que ha sido relegado a la indigencia en las mazmorras de la nueva inquisición, la inquisición del discurso de lo políticamente correcto. Por eso es necesario pedirle a la sociedad francesa, a la española también, una limosna de libertad de expresión para que no juzguen a Péguy sin tan siquiera haber intentado conocerle. Por eso, invocando la libertad de expresión, de investigación, y de reflexión, pedimos que no se le desoiga merced a una corrección política que impone limitaciones expresivas, porque los franceses deben recuperar la memoria de un Péguy que forma parte visceral e inextirpable, lo quieran o no, les guste o no, de la historia de Francia. 

Cien años tras su muerte todavía hay algunos que lo admiran y reivindican. Alain Finkielkraut es probablemente el más eminente de sus legatarios de hoy. Actualiza al orleanés que incita a enfrentarnos a la degradación de un mundo moderno que, según Péguy, tiende a convertir en negociable lo que no lo era hasta ahora. Finkielkraut y otros como Jacques Julliard o Pierre Manent dicen que Péguy es hoy imprescindible. Pero ¿por qué habría que leerle si su centenario no será ni celebrado por los poderes públicos? Pues porque Péguy es un rebelde visionario, un libertario de orden, un cristiano de guerra, un propagador de alarmas, un vigilante republicano, un socialista franciscano, en suma, un habitante de la ciudad armoniosa. 

A pesar del silencio del Ministère de l’Enseignement supérieur et de la Recherche en el centenario de su muerte, es muy necesario leer a Péguy, comenzando por L’Argent y Notre jeunesse, porque hay en su obra numerosos antitóxicos. Contravenenos para salvar a la república de los que se sirven de ella. Contravenenos para esclarecer las ideas de quienes piensan que ya no nos quedan deudas con el pasado. Contravenenos para prevenirnos de l’argent convertido en única referencia. Contravenenos para reformular la propuesta educativa. Contravenenos contra la decadencia de un pueblo que desconfía de la Nación y ha perdido toda esperanza y toda fe en el futuro. Péguy nos enseña que hay que luchar contra el punto de vista historicista, impuesto a todas las ciencias humanas. Hay que luchar contra quien conduce a la sociedad a que termine siendo mera espectadora de su humanidad. La sociedad no se mueve, pero cree moverse. No cree, pero cree creer. No vive, pero cree vivir. No lee literatura, per lee objetos literarios. Cuando se pierde la adhesión directa a las fuentes,  se pierde la confianza elemental entre las personas. 

Charles Péguy es hoy desdeñado u omitido en comparación con la abundancia de literatura que inspiró en la década de los cincuenta y sesenta. En España su conocimiento se reduce a un pequeño círculo de lectores. Tampoco ningún español ha realizado anteriormente una tesis sobre Charles Péguy. Su lectura es complicada incluso para un francés nativo. La mayoría de sus obras no están traducidas al español. Otras fueron traducidas en la década de 1940, como Notre Jeunesse, pero su traducción ha quedado completamente obsoleta, por lo que futuros trabajos sobre Péguy en lengua española bien podrían ser una actualización de la traducción de Nuestra juventud. Otras obras fundamentales como L’Argent fueron traducidas sólo en parte y está pendiente traducirla íntegramente. En este sentido queda mucho trabajo por hacer respecto a la traducción de Péguy y a la actualización y contextualización de su pensamiento.