14 ago. 2014

Ucrania 2005 - 2015: Polvos y lodos.



La primera vez que llegué a Ucrania –diciembre de 2005– quedé sorprendido por algunos hechos que me mostraron que la mentalidad ucraniana seguía pensando en los términos de la Segunda Guerra Mundial.  Como mi espacio aquí es reducido sólo daré ejemplo de cuatro o cinco recuerdos sin entrar en detalles que los hay y son muy reveladores. Pero habrá que dedicarles otro post con más tiempo en otro momento. Al principio me sorprendió que llegar a Ucrania era como si desde la década de 1940 no hubiese pasado el tiempo. En Kíev veía puestos ambulantes que vendían banderitas ucranianas junto a otras de la OTAN, de la UE y de Georgia. No me percaté en ese momento pero luego me preguntaría que relación habría entre aquellas banderitas juntas de Kíev cuando, a la salida del museo de Yalta y en el castillo de Vorontsov, otro puestecito vendía banderas juntas de Rusia, de la extinta URSS y de Corea del Norte.

Estando en Kíev, un día laboral cualquiera por la tarde, crucé la Maidán  o Plaza de la Independencia y me encontré con una manifestación de quizás más de mil personas, no lo sé, donde se ondeaban banderas rojinegras. Al principio pensé que quizás fueran anarquistas, tampoco lo sé, o cenetistas ucranianos, hasta que me percaté de la estética de los presentes. Era una estética inconfundible. Los que me acompañaban, ucranianos, me dijeron que se trataba de una manifestación de un grupo político que se autodenominaba nacional socialista. Me pregunté cómo era posible que en la Europa del año 2005 pudiera haber tanta gente en una manifestación de tal idiosincrasia, nacional socialista, y ostentando la parafernalia propia de aquella ideología. Algo así hubiera estado quizás prohibido en otros países del mundo, o de estar permitido, se habría limitado a un par de centenares de asistentes, pero aquellos eran miles. Por un momento me sentí en la Alemania de 1923 ante un putsch de Kíev. Quizá la comparativa parezca exagerada pero no lo es. En el Oeste, en Lviv, recuerdo un pequeño restaurante que era literalmente la reproducción de un cuartel general alemán de la segunda guerra mundial. El padre del dueño había sido uno de los muchos ucranianos que se alistaron en la wehrmacht. El nacionalismo, el pro europeísmo, la exaltación del tradicionalismo era algo común y frecuente en esta región del oeste y otras ciudades centrales como Vinnitsa.

En Crimea volví a quedar sorprendido pero justamente por todo lo contrario. Llegué desde Odessa a la estación de ferrocarril de Simferopol, todo un monumento al pasado heroico de la gloria soviética. Desde allí, ya de entrada, me acercó a Yalta un septuagenario en un Volga negro de los años 60. Su coche estaba decorado con souvenirs soviéticos y cintas de franjas naranjas y negras de San Jorge. Me pidió permiso para poner un casette en el que cantaba él mismo con su acordeón, y cantaba entre otras canciones, la mítica Cherniy tulpan de Alexander Rozenbaum.  Un himno moral soviético de la guerra de Afganistán. No sólo en Sebastopol, que es base naval rusa, sino en toda la península de Crimea que recorrí, uno tenía la sensación de que estaba en Rusia y que además, la Segunda Guerra Mundial no había terminado. Hay que visitar el museo de la Guerra de Crimea de 1853 en Yalta para constatar que uno se encuentra a fortiori en Rusia. En el Este, en la región del Donbáss, pueblos y ciudades conservaban sus carteles de bienvenida con banderas y simbología soviética  omnipresente.

En Odesa, ciudad con fama de ser la más europea, progresista y cosmopolita de las ciudades ucranianas, muchas de las reuniones y cenas a las que tuve ocasión de asistir tuvieron en común que finalizaran con vodka y cantando el Soyuz Nerushimi, el himno soviético. En las paredes del McDonalds del centro de Odesa, un gran mural en la pared escenifica la entrada de las tropas soviéticas en Berlín pisando  los estandartes de la Alemania derrotada, un signo revelador de orgullo soviético. La gente con la que tenía oportunidad de hablar se solía quejar siempre de lo mismo: Que los pro ucranianos son fascistas; que los de izquierdas son pro rusos comunistas. Una conversación que podía escucharse diariamente hasta la saciedad.

Sin duda que el anhelo de muchos odesitas era seguir siendo rusos. La ciudad y el puerto de Odesa se fundaron por el español José de Ribas y por decreto de Catalina la Grande que la inauguraron como la principal puerta marítima del sur del Imperio Ruso. En la ciudad de Odesa, hermanada con la Valencia española, se encuentra la avenida del Conde De Ribas, que es la avenida con las instituciones más finas. Allí se encuentran los monumentos a la emperatriz Catalina y a De Ribas. La avenida dedicada al conde español, Derivasovskaya, desemboca en las imponentes escaleras de Potemkin, inmortalizadas por Eisenstein en la gran obra del cine "El acorazado Potiomkin." Aquel largometraje basado en hechos reales de los marineros rusos que se rebelaron en el puerto de Odesa en 1905, fue la premonición y el preludio de la posterior Revolución soviética de Octubre de 1917.

Cuando estando en Odesa presencié en junio de 2006, que una cena de amigos en la que se estaba conversando sobre si Ucrania tenía que acercarse a Europa o a Rusia tenía un final a puñetazos, y que los insultos que se proferían eran algo tan absurdo para mí y tan grave para ellos como fascista y comunista, me acordé mucho de nuestra propia historia.