22 jun. 2014

Ucrania, doble error


En el discurso de Crimea de marzo de 2014, Vládimir Putin afirmó en la sala de San Jorge del Kremlin: “Todo tiene sus límites, y en el caso de Ucrania, nuestros socios occidentales se han pasado de la raya, se han comportado de manera grosera, irresponsable y poco profesional. San Petersburgo fue la cabeza de Rusia, Moscú su corazón, pero Kiev fue la madre”.

Ucrania es fundamental  para la identidad de Rusia porque los habitantes del territorio que hoy constituye Ucrania fueron los primeros rusos.  Cuando Yanukovich abandonó el ejercicio de sus funciones rumbo a Rusia el pasado febrero de 2014, declaró ser el presidente legítimo de Ucrania, calificando de golpe de Estado la revolución popular de la Maidán.  El caos no había hecho más que comenzar  al tiempo que era inflamado por el mismo Yanukovich, orientado por una obediencia inteligente a distancia. Desde el momento del abandono de poder y de la huida de Yanukovich rumbo a la Rusia protectora, era fácil prever que esta situación sólo podía significar una cosa: Guerra Civil.

Ucrania, doble error: Identidad y estrategia

Ucrania es un país con un doble problema: por un lado tiene un problema interior, un problema de identidad que consiste en que muchas de las regiones se debaten entre una identificación ínsitamente rusa o ucraniana. Pero esto es, en realidad, un problema amplificado deliberadamente por la política para que la ciudadanía tome partido. Porque el orgullo de los ucranianos radica en ser el núcleo embrionario de Rusia y eso implica sentirse tan ucranianos como rusos, o lo que es lo mismo, saberse extraordinariamente más unidos por lo que les une que por lo que les separa. El problema de la identidad es un problema artificial que la política ha convertido en un problema auténtico. Por consiguiente, sería un grave error histórico por parte de los políticos el alentar a los ucranianos a que tomen posiciones en base a diferencias artificiales.
Por otro lado, Ucrania tiene un problema exterior que no sabe gestionar, un problema de cariz estratégico, que consiste en la dependencia energética del sector industrial del Este del país. Esto sí es parte del problema auténtico. Para añadir más complicación, el 40% del gas que recibe la Unión Europea procede de Rusia y la mitad de ese gas llega a través de Ucrania.

Rusia vendía los mil metros cúbicos a Ucrania en dólares a un precio de 268,5$. La Unión Europea recibía ese gas a 350$. Pero en abril de este año, debido al impago de la deuda ucraniana con Rusia, Moscú decidió dejar de suministrar gas a Kíev a precio reducido y el precio del gas aumentó de 268,5 a 385,5$. También en abril, el monopolio ruso elevó la tarifa hasta los 485$ tras eliminar otro descuento que se había acordado en 2010 a cambio de prorrogar la permanencia de la flota rusa del mar Negro en Sebastopol, Crimea, recientemente anexionada a Rusia.

En la actualidad, Ucrania tiene la tasa más alta de gas entre todos los clientes del monopolio Gazprom, muy por encima del precio medio de 370$ en la UE. Si la renta media en Ucrania gira en torno a 200$ y el invierno en Kíev llega a alcanzar los -32ºC es lógico deducir que la verdadera crisis llegará este invierno. Ucrania produce gas para satisfacer el consumo interno de las familias, pero no para mantener el consumo industrial, que precisamente es el consumo más demandado en las regiones del Este recientemente autoproclamadas como Novorossia. Si llega un corte del suministro ruso y el gas ucraniano no se nacionaliza, aumentará exponencialmente el precio del gas en Ucrania. La situación puede desembocar en catástrofe civil y radicalización del gobierno de Kíev si no hay verdadera voluntad política de solucionar los problemas.

Con este escenario cada día cuenta. Sin embargo, lo que está haciendo Arseni Yatseniuk es situarse a la vanguardia de los países que desean mantener a Rusia aislada de Europa y lograr que se la asocie geopolíticamente como una nación asiática. Al tiempo, Bruselas trata de presionar a Rusia apoyando a Ucrania, y ha dado la orden a Bulgaria para que detenga la construcción del gaseoducto South Stream. Con esta decisión Europa se cierra a sí misma el grifo del gas que llega por Ucrania y por Bulgaria como estrategia de fuerza para terminar con la guerra del gas. Pero cuando llegue el invierno  Ucrania, Europa no tendrán más remedio que ceder.

Mientras tanto, el drama de los centenares de muertos encona todavía más el antagonismo entre pro-rusos y ucranianos que ya ni se hablan y ni se quieren escuchar, y todo ello con la complacencia de los medios, en particular de los rusos, que enfrentan dialécticamente a los que llama fascistas de Kíev contra aquellos otros a los que los medios ucranianos llaman agentes de Moscú. El camino hacia el abismo es tanto más grave cuanto más se acrecienta la impotencia del Estado para asegurar la integridad territorial. 

Ucrania, doble dirección: Polonia o ex-Yugoslavia

El presidente pro-ruso Víktor Yanukovich demostró una palmaria incompetencia con la rebelión de la Plaza de la Independencia. Unas fuerzas de seguridad profesionales no pueden primero disparar contra manifestantes y luego dejar las calles en manos de esos mismos manifestantes. Ello derrocó al gobierno, pero el gobierno también se derrocó a sí mismo gracias a una Administración, un Parlamento y una economía corruptas. La administración estaba corrompida y mediatizada por oligarcas de la antigua URSS y por la familia del presidente huido, conocida como “La Familia”. Según la edición ucrania de la revista Forbes, en enero de 2014 el hijo dentista de Yanukóvich obtuvo el 50% de todas las licitaciones de estomatología del Estado. La mayor franquicia de sacar muelas de la historia.
La violencia dentro de un Estado no puede más que terminar con un enfrentamiento entre dos fuerzas opuestas, las fuerzas centrífugas y las centrípetas. Sólo puede seguir dos direcciones totalmente contrarias. Puede desgarrar el Estado, como ocurrió con Yugoslavia, o si los ciudadanos encuentran una empresa colectiva que supere todas sus diferencias puede unir fuertemente y consolidar una nación, como ocurrió con Polonia. Ante la injerencia Rusa por la autodeterminación, y la legítima defensa ucraniana de la integridad territorial, hay que recordar que un Estado-nación es un país en el que el Estado crea la identidad nacional común merced a la convivencia de las regiones que la integran, con todas y cada una de sus entrañables tradiciones y costumbres. Lo que no es un Estado-nación es un país donde el Estado impone la identidad merced a la superioridad numérica de una parte de la población sobre el resto.

Quizás Ucrania debería abordar una reforma de la Constitución que otorgue mayor poder al Parlamento que al Presidente,  con una representación más proporcional y con una mayor autonomía para las provincias del Este. Son muchas las fórmulas posibles y las reformas que en el país están por llegar. Mientras llegan, estos meses de violencia pasarán a la historia como la lucha de  Ucrania para afianzarse como país y como Estado. Porque Ucrania tiene ahora la mayor oportunidad de su historia de consolidarse como Estado. El fracaso significará la balcanización. Todo está en manos de los ciudadanos ucranianos. La elección es muy difícil. Con Ucrania oriental y un corredor desde Crimea a Transnistria -con Odessa como primer puerto- Rusia se convertiría en la primera potencia política mundial del Zar Putin. Sin Rusia, los dos países tienen todavía la oportunidad de consolidarse como Estado-nación y defender un sistema político que aunque imperfecto, debe perseguir la paz como el primer y más valioso bien común.